Los «primos lejanos» de la Tierra

En medio de la inmensidad del espacio, la Tierra es una burbuja capaz de proteger la vida frente a las duras condiciones del exterior. Esto ocurre por una parte porque el campo magnético terrestre se comporta como un escudo que bloquea la radiación solar más dañina para los seres vivos. Y, por otra, porque la atmósfera es capaz de filtrar otra porción de estos peligrosos rayos y evitar que una importante parte del calor procedente del Sol «rebote» hacia el espacio. Aparte de esto, gracias a que el aire y el agua pueden amortiguar las fluctuaciones de temperatura, son capaces también de suavizar los cambios provocados por las estaciones y la transición de los días y las noches. Y cuando se desciende al nivel microscópico en medio de este delicado equilibrio, el agua líquida es la que permite que las moléculas que componen la vida se organicen en células, y estas a su vez en complejos organismos que pueden alcanzar la altura de edificios.

Pero lo cierto es que hasta ahora el ser humano no ha descubierto ningún otro lugar capaz de reunir estas características tan peculiares y de cobijar formas de vida similares a las terrestres. Pero, dado que se estima que la Vía Láctea puede estar habitada por 100.000 millones de estrellas y por un número aproximado de 40.000 millones de planetas, hace tiempo que algunos científicos decidieron que merecía la pena buscar cuerpos similares a la Tierra más allá del Sistema Solar, y que reciben el nombre de exoplanetas.

Cuando este jueves la NASA ha anunciado el descubrimiento de uno de ellos, Kepler 452-b, a 1.400 años luz de distancia, los científicos han incorporado un exoplaneta más a la lista de miles que ya se conoce y, lo que es más importante, han incorporado el primer exoplaneta de un tamaño similar al de la Tierra y con indicios de tener agua en su superficie.

«Esto es un paso adelante en la búsqueda del Grial que es encontrar un planeta de tipo terrestre que tenga unas condiciones similares a las que disfrutamos en la Tierra», explica David Barrado, astrofísico en el Centro de Astrobiología (INTA-CSIC) y experto en la búsqueda de exoplanetas. Según dice, en comparación con descubrimientos previos, la novedad de este hallazgo es que, además de tratarse de un planeta parecido en tamaño a la Tierra (calculan que es un 60 por ciento más pesado), «podría tener agua líquida en la superficie y además está junto a una estrella que es como un primo del Sol, porque tiene unas características muy similares». Tal como dice, aunque hace ya varios años que los trabajos de cartografiado de la Vía Láctea han ido añadiendo nuevos exoplanetas a los mapas, solo unos pocos tienen un tamaño parecido al terrestre, y pocos de ellos están cerca de estrellas parecidas al Sol con las características necesarias para albergar agua. Por ejemplo, aunque la misión Kepler haya confirmado la presencia de 1.030 exoplanetas, solo 12 tienen estas propiedades.

«Ricitos de oro»
La clave que hace a Kepler y a esos 12 exoplanetas especiales es que están situados dentro de la llamada zona de habitabilidad. Esta es una banda situada alrededor de los «soles» que no está situada ni muy cerca ni muy lejos de ellas, de modo que el calor que procede de los astros podría permitir la presencia de agua líquida en la superficie de los planetas. Esta afinidad por el punto medio en oposición a los extremos se conoce como «efecto Ricitos de Oro», en honor al personaje que entraba en la casa de tres grandes osos y probaba varias sopas, camas y sillas para escoger siempre el término medio.

Pero, tal como explica Héctor Socas, investigador titular en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), hay motivos para ser cautelosos: «Suena muy espectacular hablar de la zona de la habitabilidad, pero en realidad no hay que confundirse, puesto que esto solo quiere decir que no es imposible que haya agua líquida en la superficie, no que la haya».

De hecho, recuerda quetanto Venus como Marte están situados dentro de la zona de habitabilidad del Sol, pero que no tienen agua líquida debido a las características de estos planetas: «La composición química de la superficie y de la atmósfera y la actividad solar también influyen», resume Héctor Socas. Además, algunas particularidades de cada planeta podrían provocar que tuvieran agua aunque estuvieran fuera de esta zona de habitabilidad: «Un planeta puede ser frío en la superficie y tener procesos de vulcanismo capaces de derretir el hielo de agua».

Por ello, una vez descubiertos los exoplanetas en esta zona habitable, sería necesario analizar su composición y su atmósfera para dilucidar la presencia de agua. El astrofísico David Barrado explica que para ello habría que recurrir a «técnicas que hoy no son accesibles».

Sin embargo, la misión Kepler podrá seguir explorando una estrecha franja de la Vía Láctea en busca de nuevos exoplanetas. Para ello, este artefacto ha de monitorizar la luz de las estrellas durante varios años para detectar unas pequeñas pérdidas de brillo en ellas, que se producen a causa del llamado fenómeno de «tránsito»: esto ocurre cuando un planeta pasa delante de «su sol» y tapa parta de la luz de este. De esta forma, no solo se detecta la presencia de los exoplanetas, sino que se puede averiguar el tiempo transcurrido entre dos transiciones sucesivas para averiguar cuánto duran los años de ese planeta y qué masa tiene la estrella y el planeta. Por desgracia, solo es posible encontrar así a los planetas cuya órbita esté situada de canto respecto a la Tierra, porque en otros casos nunca «taparán» su estrella y los telescopios no podrán detectarlos.

El camino por recorrer
Sea como sea, la misión Kepler ha encontrado casi 4.700 candidatos a exoplanetas gracias a este método, pero todos ellos deben pasar pruebas posteriores para ser confirmados dentro de esta categoría. David Barrado adelanta que en los próximos años se lanzarán varios satélites (como el JWST) y que se abrirán nuevas instalaciones en tierra, como el Carmenes, en el Centro Astronómico Hispano Alemán, que mejorarán la capacidad de observación y la velocidad con que se confirman estas «candidaturas» a exoplanetas. Con todo, el astrofísico alerta de que «las enormes distancias a las que están los exoplanetas los sitúan al borde de lo que se puede conocer. Por no olvidar que es imposible que alguna vez pudiéramos llegar hasta ellos».

Y, aunque se salvasen distancias que la luz tarda en recorrer miles de años, Héctor Socas recuerda que la actividad de las estrellas podría arrasar de un plumazo la superficie de cualquier planeta y dañar a los seres vivos: «Hay estrellas capaces de lanzar súperfulguraciones que podrían aumentar mucho el nivel de radiación o incluso arrancar partes de la atmósfera». Así que una cosa es decir que no es imposible que Kepler 452-b tenga agua en su superficie y otra que la tenga. Para eso aún hay un largo camino por recorrer.


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